Dicen que, como haces tú
con esta habitación, el universo se llena hacia afuera; igual que
con la mirada inundas las cosas y pintas las paredes y dejas muescas
en el cielo. Dicen que todo es eterno retorno: el agua manada siempre
vuelve a manar, la energía solo se transforma, el mundo da vueltas,
las estrellas dan vueltas, el sol a su manera da vueltas. Dicen que
todo es cíclico, que tus pestañas vuelven siempre a enredarse, que
tu boca se hace y se deshace, que la cama nunca se queda vacía para
siempre. Que a la estación siempre llega el mismo tren, que la
mala noticia siempre es la misma, que el último día del verano
siempre duele. Dicen que el aire es inagotable, que estamos
condenados a la huída, que el mundo gira bucándose la cola. Cada
doce horas son las doce, cada treinta o treinta y un días es día
treinta o treinta y uno. Que febrero nos desarma una vez por año.
Que septiembre nos conmueve. Que mayo nos abruma. Dicen que la luz es
inevitable, que el horizonte es la única recta que se cierra, que la
sombra corresponde siempre a una sombra de ojos. Dicen que los brazos
abrazan en círculos, que los besos son mejores de tornillo, que las
miradas penetran más cuando son una espiral. Dicen que el amor
siempre vuelve para marcharse. Que las calles dan siempre a otras
calles. Que las lágrimas acaban siempre en la boca. Dicen que la
física busca explicarse a sí misma, que lo mismo pasa con tu peso y tu rozamiento y tu temblar. Tu pelo suspendido en mi pelo,
su energía potencial, su grave fuerza de gravedad. Los años
vuelven, todos, para pasar factura. Los sueños huyen para que
corramos tras de ellos. La misma historia se olvida y se inventa
constantemente. Los mismos que se amaron, se odian. Los mismos que se
detestaban, se quieren. Todo resulta, al final, ser eterno retorno.
Por eso te espero aquí, en esta vida, por donde, según está
escrito, volverás a pasar arrasando con todo.
jueves, 2 de mayo de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
CXVI. Cómo decirle a una desconocida que quieres casarte con ella
Primero hay que mirarla mucho, con insistencia y descaro, con los ojos bien grandes. Mirarla mejor, no solo con los ojos, mirarla con el alma y con los pies, mirarla con las manos, con el pecho, mirarla mucho y muy fuerte como si fuera la única ventana del tranvía. Hace falta mirarla hasta el límite, os lo digo, hasta la redundancia, hasta la fatiga y el desgaste, mirarla de lado, por la espalda, de frente, mirarla sin ojos o con los ojos de todos los demás. Mirarla y no verla y verla y no mirarla; todo lo contrario también. Apretando los puños, recostado sobre la puerta, apoyado en las barras, sentado, de pie, de cuclillas, tirado por el suelo dando vueltas como un loco. Mirarla sin los ojos si hiciera falta, pero mirarla, mirarla de todas las manera posibles: al revés, de costado, boca abajo, en un escorzo imposible. Posar la mirada en su boca como en un Modigliani. Acercarse como a un Rembrandt, alejarse como de un Miró, enfocarla como a un Magritte, desenfocarla como a un Monet. Hace falta encuadrarla y desencuadrarla todo el tiempo. Mirarla como se ha de mirar el cielo: comprobar sus aviones, mullir sus nubes, clasificar sus colores, montarse en cada uno de sus pájaros. Su pelo, me olvidaba de su pelo. Mirar su pelo caer como un manantial de abril, mirar cómo resbala por su espalda con el traqueteo del tranvía, ver en ella el deshielo, la montaña, el mar, la ciudad. Mirarla y llorar. Llorar con los oídos como con Mozart cuando la megafonía anuncia su parada y ella se baja. Para siempre. Sin volver la vista. Sin devolvernos siquiera la mirada.
viernes, 5 de abril de 2013
CXV. El espejo
Concédeme una noche, me dijo. Llevaba
el pelo suelto, los labios pegados, los ojos grandes y marrones como
dos frutas. Como dos mundos. Acepté. Subimos al tejado, me
tendió la hierba y fumamos recostados contra una chimenea. En el
edificio de enfrente alguien cambió a Chet Baker por Alborosie.
Sonaba Herbalist. Chico, qué duro es ser joven, me dijo. Y reímos
como dos tontos, como dos locos condenados a muerte, apretándonos el
vientre, dejándonos apenas sin respiración. No hace falta
respirar, mira: hinchó sus carrillos y comenzó a ponerse roja.
Reímos. Mucho. No sé cuánto tiempo pasamos allí arriba. Lo
suficiente para planear la huída, eso es seguro. Pero no sé cuánto
resbalamos, cuánto gritamos, cuantísimo nos besamos. ¿Qué tal si bajamos a mi habitación? Me preguntó. Y, sin apenas haber llegado, hicimos el amor
contra un espejo. Parecía tarde. Dos parejas haciéndose el amor en
la misma habitación. Una allí, la otra aquí. Dos yos, dos ellas.
Golpeándose como golpean las tormentas. Mojándose como mojan las
tormentas. Implacables como llegan las tormentas. La noche, al final, no duró
más de lo que duran las tormentas. Por la mañana me di cuenta: los del espejo se habían ido para no volver jamás.
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